La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928), de Carl Theodor Dreyer.

“Una fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada”.

(Victor Hugo)

(Texto originalmente publicado en mi libro ‘El cine esculpido en 200 películas’ https://www.amazon.es/El-cine-esculpido-200-pel%C3%ADculas/dp/8494459678)

Antes de filmar en Francia La pasión de Juana de Arco, Dreyer ya era un realizador de prestigio en el viejo continente gracias a títulos tan notables como Páginas del libro de Satán (Blade of Satans bog, 1920), Michael (1924) o El amo de la casa (Du skal ære din hustru, 1925). En La passion de Jeanne d’Arc, una de las obras más importantes del período silente, el autor de Gertrud reconstruye el proceso judicial al que la santa francesa fue sometida en Rouen previo paso a su muerte en la hoguera el 30 de mayo de 1431. Dreyer y su coguionista, Joseph Delteil, concentran los veintinueve interrogatorios realizados a Juana (Maria Falconetti) en uno solo prolongado a lo largo de su último día de vida. De esta manera, la película se atiene a las tres unidades clásicas de acción, tiempo y lugar.

Hay quien ha definido el filme como una sucesión casi ininterrumpida de primeros planos; sin embargo, eso supondría reducir a lo evidente la riqueza formal de una obra experimental y vanguardista en la que el director danés también hace uso de primerísimos primeros planos, planos detalle, planos medios, planos medios cortos o planos de conjunto. Por no hablar del empleo continuo de ligeros picados (para filmar a Juana) y ligeros contrapicados (para filmar a sus jueces) durante todo el proceso, de las angulaciones de la cámara o de la utilización de travellings laterales que recorren los rostros inquisitoriales de los eclesiásticos que juzgan a la protagonista. Un montaje brillante enlaza el complejísimo juego de miradas que caracteriza a la película y genera progresiva tensión narrativa.

Dreyer busca el rigor histórico y el realismo en un relato que trasciende realidad e historia. Por eso opta por una puesta en escena radicalmente sobria, muy próxima a la abstracción, que confiere al conjunto una atmósfera de recogimiento, misticismo y atemporalidad.

El conmovedor rostro de la Falconetti sobre un fondo blanco, ejemplifica como ningún otro el martirologio femenino en el cine; el triunfo del alma sobre la materia; el de la fe sobre el cruel juicio de los hombre.

La muerte cansada (Der müde Tod, 1921), de Fritz Lang.

” La muerte llama, uno a uno, a todos los hombres y a las mujeres todas, sin olvidarse de uno solo -¡Dios, qué fatal memoria!-, y los que por ahora vamos librando, saltando de bache en bache como mariposas o gacelas, jamás llegamos a creer que fuera con nosotros, algún día, su cruel designio”.

(Camilo José Cela)

(Texto originalmente publicado en mi libro ‘El cine esculpido en 200 películas’ https://www.amazon.es/El-cine-esculpido-200-pel%C3%ADculas/dp/8494459678)

Eros frente a Tánatos. Der müde Tod es la primera obra maestra de Fritz Lang: una fantasmagoría repleta de hallazgos visuales que en su momento impresionó a futuros cineastas como Luis Buñuel o Alfred Hitchcock. La película, deudora en su estructura narrativa de la monumental Intolerancia (Intolerance: Love´s Struggle Throughout the Ages, 1916), de D. W. Griffith, plasma de manera fatalista la imposibilidad de hacer frente a la muerte. Una muerte que aparece personificada en la figura del actor Bernhard Goetzke mucho antes de que Ingmar Bergman le diera el rostro de Bengt Ekerot en El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957).

El argumento de La muerte cansada (indistintamente conocida en España como Las tres luces) es muy sencillo: una joven pareja de enamorados (Lil Dagover y Walter Janssen) se topa durante un viaje en carruaje con la mismísima Muerte. Tras detenerse a descansar en una posada, La Muerte se lleva consigo al integrante masculino de la pareja. Para salvarlo, su amada debe adentrarse en el reino de los muertos (los roles del mito de Orfeo y Eurídice se intercambian) y evitar que al menos una de las tres luces (velas) o vidas que están a punto de extinguirse, lo hagan, tal y como la propia Muerte le indica en la que probablemente sea la escena más icónica del filme. La historia de la primera luz nos traslada a Bagdad; la de la segunda, a la Venecia renacentista; y la de la tercera (quizá la más brillante de las tres), al Antiguo Imperio Chino. En todas ellas, una pareja de enamorados (interpretados por la misma pareja protagonista de la historia principal) debe enfrentarse a la implacable muerte (siempre con el singular rostro de Bernhard Goetzke, que encarna a diferentes personajes), y, en todas ellas, el resultado de semejante batalla será igual de infructuoso.

Der müde Tod sorprende por sus efectos visuales, conseguidos mediante el uso de fundidos y sobreimpresiones, y por su atrevido ensamblaje narrativo, que incluye un flashback. Pero, por encima de todo, sorprende por el poder de sus indelebles y fantasmagóricas imágenes, tan impactantes como el primer día, y por la vigencia de su universal y fatalista mensaje.

Las 10 mejores películas del cine de vampiros.

“Cuando ella hubo chupado de mis huesos la médula y yo, lánguidamente, me hube vuelto hacia ella a besarle los labios con amor, hallé sólo ¡un pringoso pellejo, chorreante de pus!”

(La metamorfosis del vampiro, Charles Baudelaire)

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El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene.

“La enfermedad, la locura y la muerte son los ángeles negros que custodiaron mi cuna y me acompañaron durante toda la vida”.

(Edvard Munch)

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En una pequeña población alemana comienzan a sucederse una serie de misteriosos asesinatos coincidiendo con la llegada a la feria local del doctor Caligari (Werner Krauss) y de su sonámbulo Cesare (Conrad Veidt), el cual tiene la capacidad de predecir el futuro.

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Una mujer de París (A Woman of Paris: A Drama of Fate, 1923), de Charles Chaplin.

“El verdadero significado de las cosas se encuentra al tratar de decir las mismas cosas con otras palabras”.

(Charles Chaplin)

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Marie St. Clair (Edna Purviance) es una joven de un pequeño pueblo francés que se marcha a París tras un doloroso malentendido con su prometido Jean (Carl Miller). En la cosmopolita ciudad de la luz, Marie acabará convertida en la cortesana de un hombre rico (Adolphe Menjou).

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Intolerancia (Intolerance: Love’s Struggle Throughout the Ages, 1916), de David Wark Griffith.

“La intolerancia puede ser definida aproximadamente como la indignación de los hombres que no tienen opiniones”.

(Gilbert Keith Chesterton)

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Se narran, de manera paralela, cuatro historias ubicadas en diferentes épocas: la caída de Babilonia en el año 539 a.C.; la Pasión y muerte de Jesucristo en la Judea del siglo I; la masacre de la noche de San Bartolomé en la Francia de 1572; y otra ambientada en Estados Unidos en la etapa contemporánea.

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