Ran (1985), de Akira Kurosawa.

“Todos los hombres nacen llorando, y mueren cuando ya han llorado lo suficiente”.

(Texto originalmente publicado en mi libro ‘El cine esculpido en 200 películas’ https://www.amazon.es/El-cine-esculpido-200-pel%C3%ADculas/dp/8494459678)

Akira Kurosawa consideraba a Ran (palabra que significa caos o miseria en japonés) la película más importante de su carrera. No en vano, el autor de Los siete samuráis dedicó casi una década a estudiar el contexto histórico de la época en la que se desarrolla el filme (el Período Sengoku o Período de los estados en guerra del siglo XVI, anterior a la era Tokugawa), y a realizar dibujos y bocetos referidos al vestuario y las localizaciones donde se rodaría.

En Ran, el maestro nipón adapta libremente la tragedia de William Shakespeare El rey Lear, aderezándola con algunos elementos históricos inspirados en el personaje del daimio Mori Motonari, responsable de la parábola sobre las flechas que aparece en una de las escenas más recordadas de la cinta. El resultado es una monumental obra de madurez que ejemplifica la universalidad del texto shakesperiano y del arte de Kurosawa. El Lear de Shakespeare es sustituido aquí por Lord Hidetora Ichimonji (Tatsuya Nakadai), un viejo señor de la guerra que decide legar la autoridad de su poderoso clan a sus tres hijos: Taro (Akira Terao), Jiro (Jimpachi Nezu) y Saburo (Daisuke Ryû). Sin embargo, este último es desterrado al mostrar su disconformidad con la decisión tomada por su padre.

La película hace alarde de una belleza plástica subyugante, erigiéndose como un lienzo de luminosos contrastes cromáticos que se contraponen con la oscuridad interior de unos personajes marcados por la ambición, el egoísmo y el odio. Como en Macbeth, la otra tragedia de Shakespeare adaptada por el director japonés en la impresionante Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957), es un personaje femenino quien determina con su poder de manipulación sobre los hombres el curso de los acontecimientos. Se trata, en este caso, de la fría y calculadora Lady Kaede (Mieko Harada), sucedánea de la Lady Asaji/Lady Macbeth de Trono de sangre. Su contenida sed de venganza desembocará en la destrucción de un clan dirigido por hombres estúpidos. La interpretación de Mieko Harada se sitúa a la cabeza de un reparto perfecto, en el que la gestualidad de cada uno de los personajes pretende reproducir los rígidos códigos de comportamiento y conducta de la época.

La soberbia puesta en escena deambula entre secuencias intimistas y épicas batallas perfectamente coreografiadas, en las que la simbiosis entre el montaje y la música se muestra prodigiosa, como deja patente la memorable secuencia sin sonidos diegéticos del ataque de los ejércitos de Taro y Jiro al castillo de Hidetora: una violenta sinfonía de caos y barbarie presidida por la partitura de Toru Takemitsu.

Ran se mantiene como una de las cimas del cine de Kurosawa, así como una profunda reflexión en torno a la ingratitud filial y al fatalismo tantas veces inherente al ser humano.

El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963), de Akira Kurosawa.

“La diferencia engendra odio”.

(Stendhal)

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Kingo Gondo (Toshirô Mifune) es un rico empresario de la industria del calzado, que comienza a ser extorsionado cuando el hijo de su chófer es víctima de un secuestro.

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Las 25 mejores películas del cine soviético (1922-1991).

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Los 25 mejores directores de la historia (lista de 2017).

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El perro rabioso (Nora Inu, 1949), de Akira Kurosawa.

“Los asesinos son como perros rabiosos. ¿Sabes cómo actúa un perro rabioso? Hay un poema sobre ello. Los perros rabiosos sólo ven lo que van buscando”.

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Murakami (Toshirô Mifune) es un joven e inexperto policía al que roban su arma reglamentaria durante un trayecto en autobús. Obsesionado con recuperarla, sobre todo después de saber que ha sido utilizada en un delito, se une al encargado de investigar el caso, el veterano detective Sato (Takashi Shimura).

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La fortaleza escondida (Kakushi-toride no san-akunin, 1958), de Akira Kurosawa.

“Una piedra se esconde entre las piedras, y un hombre entre los hombres”.

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Japón, siglo XVI. En pleno contexto beligerante entre clanes, el general Rokurota Makabe (Toshirô Mifune) debe guiar a la derrocada princesa Yuki (Misa Uehara) y a su tesoro, oculto en haces de leña, a través de líneas enemigas. Dos campesinos (Minoru Chiaki y Kamatari Fujiwara) los acompañarán en la peligrosa misión.

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Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957), de Akira Kurosawa.

“Mirad este lugar desolado, donde hubo un imponente castillo cuyo destino cayó en la red de la lujuria de poder, donde vivía un guerrero fuerte en la lucha pero débil ante su mujer que le empujó a llegar al trono con traición y derramamiento de sangre. El camino del mal es el camino de la perdición y su rumbo nunca cambia”.

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Japón, siglo XVI. Tras sofocar una rebelión, los capitanes Taketoki Washizu (Toshirô Mifune) y Yoshiteru Miki (Akira Kubo) se desplazan hasta el castillo de su señor para recibir los pertinentes reconocimientos. En su camino, mientras atraviesan el bosque, se encuentran con un espíritu que les hace la siguiente profecía: Washizu se convertirá en señor del Castillo de las Telarañas, pero será el hijo de Miki quien lo suceda en el poder.

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