Dolor y gloria (2019), de Pedro Almodóvar.

“Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones”.

(Marcel Proust)

La depresión y los achaques físicos, han llevado a Salvador Mallo (Antonio Banderas), cineasta de prestigio internacional, a un estado de semiretiro forzoso. El encuentro con sus recuerdos y con algunas personas de su pasado, le harán replantearse la situación.

Almodóvar frente al espejo. Más allá de constituir uno de sus mejores trabajos (de largo el más íntimo y personal), Dolor y gloria es un arrancarse la piel para mostrar al espectador los músculos, tejidos, huesos y órganos de un autor en plena madurez creativa. Hay mucho dolor, tanto físico como emocional, y muy poca gloria (quizá el simple hecho de poder coger una cámara, rodar y que te reconozcan por ello) en este filme de inspiración autobiográfica que enfrenta al director manchego con sus propios miedos y su pasado como único medio para rendir cuentas y seguir adelante (creando).

A través de un alter ego fácilmente intercambiable con el propio Almodóvar (Antonio Banderas aparece caracterizado como el autor de Volver e imita sin pudor algunos de sus gestos, tics e incluso su modo de hablar), la película, lúcida en su discurso introspectivo y serena en su diáfana narración, nos introduce pronto en la deteriorada realidad de Salvador Mallo: protagonista invalidado para su profesión (su vida) a consecuencia de unos fuertes dolores de espalda y unas migrañas que a veces lo llevan a la herejía atea de creer en Dios. Salvador sólo encuentra alivio en ese estado de duermevela que provoca la adicción a las drogas legales y a las que no lo son.

Hay algo de Fellini en las secuencias del Salvador niño, introducidas mediante estupendas transiciones espaciotemporales que funcionan a modo de testamento vital del director. Porque ese Salvador sabiondo y provinciano no es otro que Almodóvar, quien se confiesa ante la cámara como nunca antes lo había hecho. Y sirva de ejemplo de lo que digo el soberbio (por emotivo e intenso) monólogo declamado en el teatro por un Asier Etxeandia en continuo estado de gracia. Las lágrimas que vierte al escucharlo el personaje de Leonardo Sbaraglia, un antiguo amor de Salvador marcado por la moda ochentera del caballo, podrían ser las de cualquiera de nosotros: conmovidos ante semejante sacramento de penitencia.

La realización es sobria, con una puesta en escena que se reduce a lo esencial, y en la que destacan las ya características “manchas de color” del cineasta manchego. Con los años, Almodóvar ha sabido alejarse de los elementos estrambóticos y horteras que abundaban en su filmografía, optando por una depuración formal que favorece sus dotes para la escritura.

Dolor y gloria es una obra muy notable. Melancólica sin prescindir del humor. Nunca melodramática. Inspirada y contenida. Uno de los grandes títulos españoles de este siglo.

Nota: 8/10

En un lugar solitario (In a Lonely Place, 1950), de Nicholas Ray.

“Nací cuando ella me besó, morí el día que me abandonó, y viví el tiempo que me amó”.

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Dixon Steele (Humphrey Bogart) es un temperamental guionista de cine sumido en la más absoluta decadencia. Su implicación como sospechoso en un asesinato, le permite conocer a Laurel (Gloria Grahame), una chica de la que se enamora y con la que logra recuperar la inspiración perdida.

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Fedora (1978), de Billy Wilder.

“El hombre famoso tiene la amargura de llevar el pecho frío y traspasado por linternas sordas que dirigen sobre ellos otros”.

(Federico García Lorca)

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El productor de cine independiente Barry Detweiler (William Holden), viaja hasta la isla griega de Corfú con el objetivo de convencer a la famosa actriz Fedora (Marthe Keller), retirada de los focos desde hace ya algún tiempo, para que acceda a trabajar en una nueva adaptación cinematográfica de la novela de León Tolstói Ana Karénina.

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Berberian Sound Studio (2012), de Peter Strickland.

“Un nuevo mundo de sonido te espera. Un mundo nuevo que requiere todos tus poderes mágicos”.

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Años 70. Gilderoy (Toby Jones), un apocado ingeniero de sonido británico, es contratado por el productor italiano Francesco Coraggio (Cosimo Fusco) para que se encargue de la posproducción del último giallo del reconocido director Giancarlo Santini (Antonio Mancino).

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INLAND EMPIRE (2006), de David Lynch.

“Es una historia que ocurrió ayer, pero sé que es mañana”.

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Nikki Grace (Laura Dern) resulta elegida para protagonizar, junto con Devon Berk (Justin Theroux), el remake de una película polaca maldita en la que sus dos actores principales fueron asesinados.

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El desprecio (Le mépris, 1963) de Jean-Luc Godard.

“Te quiero totalmente, tiernamente, trágicamente”.

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El dramaturgo francés Paul Javal (Michel Piccoli), necesitado de dinero, acepta la propuesta que le hace el productor norteamericano Jeremy Prokosch (Jack Palance) para reescribir el guión cinematográfico de una adaptación de La Odisea que dirige el realizador alemán Fritz Lang (Fritz Lang). Este hecho dará lugar al comienzo de una crisis en la relación que mantiene con su mujer, la hermosísima Camille (Brigitte Bardot).

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Fellini, ocho y medio (8½, 1963), de Federico Fellini.

“Queridas mías. La felicidad consiste en ser capaz de decir la verdad sin herir a nadie”.

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Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) es un afamado director de cine inmerso en una profunda crisis vital y creativa. Para preparar su próxima película, decide hospedarse en un balneario en busca de tranquilidad e inspiración. Sin embargo, ni siquiera allí las encuentra.

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La mirada de Ulises (To Vlemma tou Odyssea, 1995), de Theodoros Angelopoulos.

“Cuando regrese, lo haré con las ropas de otro, con el nombre de otro. Nadie me esperará. Si me dijeras que no soy yo, te daría pruebas y me creerías. Te hablaría del limonero de tu jardín, de la ventana por donde entra la luz de la luna, y de las señales del cuerpo. Señales de amor. Y cuando subamos temblorosos a la habitación, entre abrazos, entre susurros de amor, te contaré mi viaje, toda la noche, y las noches venideras. Entre abrazos; entre susurros de amor. Toda la aventura humana. La historia sin fin”.

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Un director griego de cine (Harvey Keitel), exiliado durante años en Estados Unidos, regresa a su tierra natal para iniciar un largo viaje, a través de los Balcanes, en busca de una vieja película de principios de siglo que se creía perdida.

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