El faro (The Lighthouse, 2019), de Robert Eggers.

 “Si la muerte pálida, con agudos temores, hiciera que el océano se derrumbara en nuestra cama, Dios, que escucha las marejadas, se dignará para salvar el alma suplicante”.

Nueva Inglaterra, finales del siglo XIX. Thomas Wake (Willem Dafoe) y Ephraim Winslow (Robert Pattinson), son dos fareros que desembarcan en una remota isla para hacerse cargo del mantenimiento de su faro durante cuatro semanas.

The Lighthouse constituye el segundo largometraje de Robert Eggers: una atávica, sucia y telúrica fantasmagoría de febrilidad melvilliana, que consolida a su hacedor como uno de los directores más interesantes de la cinematografía estadounidense reciente. La película, galardonada con el Premio FIPRESCI de la Quincena de realizadores en el pasado Festival de Cannes, está rodada en un primoroso blanco y negro con una relación de aspecto 1:1 que acentúa el carácter claustrofóbico y desazonador del relato.

Hallamos en El faro influencias fílmicas diversas, desde el cine de Béla Tarr hasta el Ingmar Bergman de La hora del lobo (Vargtimmen, 1968), pasando por El resplandor (The Shining, 1980) de Stanley Kubrick (las consecuencias psicológicas que enturbian la relación entre personajes en medio de un marco aislado). Las declamaciones literarias del personaje de Dafoe, repletas de sentencias agoreras y alusiones a la superstición marina (el dios Neptuno, las gaviotas, tritones o las sirenas), recuerdan a la pluma de Herman Melville y a su célebre capitán Ahab (Moby Dick), aunque aquí la obsesión nada tenga que ver con un leviatán blanco, sino con la luz (la de la linterna del faro), objeto de la fascinación/lascivia masculina. Y si bien es cierto que, desde muy pronto, prevemos que todo va a acabar como el rosario de la aurora, la titánica confrontación jerárquica entre Wake y Winslow compensa las posibles flaquezas del libreto. Eso y el poder de unos encuadres que remiten al expresionismo alemán, con picados y contrapicados, claroscuros, pesadillas y una demencia galopante.

Eggers, quien ya sorprendió a todos con su notable debut en La bruja (The VVitch: A New-England Folktale, 2015), dota a la cinta, más cercana esta vez al thriller psicológico que al puro terror, de texturas materiales cuasi palpables (la madera, el barro o la roca), y de motivos sonoros reiterativos (la sirena del faro, el viento, la lluvia, el oleaje, los graznidos de las gaviotas o la propia banda sonora) para acrecentar una progresiva sensación turbadora que embarga tanto al dúo protagonista como a los espectadores.

Si el gran cine se nutre esencialmente de una particular conjunción de imágenes, sonidos, trama y personajes, El faro no puede llevarse otra calificación que no sea la de (mínimo) excelente.

Nota: 8/10

La muerte cansada (Der müde Tod, 1921), de Fritz Lang.

” La muerte llama, uno a uno, a todos los hombres y a las mujeres todas, sin olvidarse de uno solo -¡Dios, qué fatal memoria!-, y los que por ahora vamos librando, saltando de bache en bache como mariposas o gacelas, jamás llegamos a creer que fuera con nosotros, algún día, su cruel designio”.

(Camilo José Cela)

(Texto originalmente publicado en mi libro ‘El cine esculpido en 200 películas’ https://www.amazon.es/El-cine-esculpido-200-pel%C3%ADculas/dp/8494459678)

Eros frente a Tánatos. Der müde Tod es la primera obra maestra de Fritz Lang: una fantasmagoría repleta de hallazgos visuales que en su momento impresionó a futuros cineastas como Luis Buñuel o Alfred Hitchcock. La película, deudora en su estructura narrativa de la monumental Intolerancia (Intolerance: Love´s Struggle Throughout the Ages, 1916), de D. W. Griffith, plasma de manera fatalista la imposibilidad de hacer frente a la muerte. Una muerte que aparece personificada en la figura del actor Bernhard Goetzke mucho antes de que Ingmar Bergman le diera el rostro de Bengt Ekerot en El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957).

El argumento de La muerte cansada (indistintamente conocida en España como Las tres luces) es muy sencillo: una joven pareja de enamorados (Lil Dagover y Walter Janssen) se topa durante un viaje en carruaje con la mismísima Muerte. Tras detenerse a descansar en una posada, La Muerte se lleva consigo al integrante masculino de la pareja. Para salvarlo, su amada debe adentrarse en el reino de los muertos (los roles del mito de Orfeo y Eurídice se intercambian) y evitar que al menos una de las tres luces (velas) o vidas que están a punto de extinguirse, lo hagan, tal y como la propia Muerte le indica en la que probablemente sea la escena más icónica del filme. La historia de la primera luz nos traslada a Bagdad; la de la segunda, a la Venecia renacentista; y la de la tercera (quizá la más brillante de las tres), al Antiguo Imperio Chino. En todas ellas, una pareja de enamorados (interpretados por la misma pareja protagonista de la historia principal) debe enfrentarse a la implacable muerte (siempre con el singular rostro de Bernhard Goetzke, que encarna a diferentes personajes), y, en todas ellas, el resultado de semejante batalla será igual de infructuoso.

Der müde Tod sorprende por sus efectos visuales, conseguidos mediante el uso de fundidos y sobreimpresiones, y por su atrevido ensamblaje narrativo, que incluye un flashback. Pero, por encima de todo, sorprende por el poder de sus indelebles y fantasmagóricas imágenes, tan impactantes como el primer día, y por la vigencia de su universal y fatalista mensaje.

El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene.

“La enfermedad, la locura y la muerte son los ángeles negros que custodiaron mi cuna y me acompañaron durante toda la vida”.

(Edvard Munch)

caligari_still_9

En una pequeña población alemana comienzan a sucederse una serie de misteriosos asesinatos coincidiendo con la llegada a la feria local del doctor Caligari (Werner Krauss) y de su sonámbulo Cesare (Conrad Veidt), el cual tiene la capacidad de predecir el futuro.

Sigue leyendo “El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene.”

M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931), de Fritz Lang.

“Soy inocente, como un bebé recién nacido”.

m-1931-001-peter-lorre-looking-in-mirror-1000x750

Una ciudad alemana se está viendo atemorizada por un psicópata asesino de niñas. Pese al enorme despliegue llevado a cabo, la policía aún no ha conseguido encontrar ninguna pista que lo conduzca al criminal. Por otra parte, los líderes de las bandas de delincuentes, hartos de las sistemáticas y cada vez más frecuentes redadas policiales que están perjudicando sus negocios, deciden aunar fuerzas y atrapar por su cuenta al culpable de los truculentos asesinatos.

Sigue leyendo “M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931), de Fritz Lang.”