La muerte cansada (Der müde Tod, 1921), de Fritz Lang.

” La muerte llama, uno a uno, a todos los hombres y a las mujeres todas, sin olvidarse de uno solo -¡Dios, qué fatal memoria!-, y los que por ahora vamos librando, saltando de bache en bache como mariposas o gacelas, jamás llegamos a creer que fuera con nosotros, algún día, su cruel designio”.

(Camilo José Cela)

(Texto originalmente publicado en mi libro ‘El cine esculpido en 200 películas’ https://www.amazon.es/El-cine-esculpido-200-pel%C3%ADculas/dp/8494459678)

Eros frente a Tánatos. Der müde Tod es la primera obra maestra de Fritz Lang: una fantasmagoría repleta de hallazgos visuales que en su momento impresionó a futuros cineastas como Luis Buñuel o Alfred Hitchcock. La película, deudora en su estructura narrativa de la monumental Intolerancia (Intolerance: Love´s Struggle Throughout the Ages, 1916), de D. W. Griffith, plasma de manera fatalista la imposibilidad de hacer frente a la muerte. Una muerte que aparece personificada en la figura del actor Bernhard Goetzke mucho antes de que Ingmar Bergman le diera el rostro de Bengt Ekerot en El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957).

El argumento de La muerte cansada (indistintamente conocida en España como Las tres luces) es muy sencillo: una joven pareja de enamorados (Lil Dagover y Walter Janssen) se topa durante un viaje en carruaje con la mismísima Muerte. Tras detenerse a descansar en una posada, La Muerte se lleva consigo al integrante masculino de la pareja. Para salvarlo, su amada debe adentrarse en el reino de los muertos (los roles del mito de Orfeo y Eurídice se intercambian) y evitar que al menos una de las tres luces (velas) o vidas que están a punto de extinguirse, lo hagan, tal y como la propia Muerte le indica en la que probablemente sea la escena más icónica del filme. La historia de la primera luz nos traslada a Bagdad; la de la segunda, a la Venecia renacentista; y la de la tercera (quizá la más brillante de las tres), al Antiguo Imperio Chino. En todas ellas, una pareja de enamorados (interpretados por la misma pareja protagonista de la historia principal) debe enfrentarse a la implacable muerte (siempre con el singular rostro de Bernhard Goetzke, que encarna a diferentes personajes), y, en todas ellas, el resultado de semejante batalla será igual de infructuoso.

Der müde Tod sorprende por sus efectos visuales, conseguidos mediante el uso de fundidos y sobreimpresiones, y por su atrevido ensamblaje narrativo, que incluye un flashback. Pero, por encima de todo, sorprende por el poder de sus indelebles y fantasmagóricas imágenes, tan impactantes como el primer día, y por la vigencia de su universal y fatalista mensaje.

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M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931), de Fritz Lang.

“Soy inocente, como un bebé recién nacido”.

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Una ciudad alemana se está viendo atemorizada por un psicópata asesino de niñas. Pese al enorme despliegue llevado a cabo, la policía aún no ha conseguido encontrar ninguna pista que lo conduzca al criminal. Por otra parte, los líderes de las bandas de delincuentes, hartos de las sistemáticas y cada vez más frecuentes redadas policiales que están perjudicando sus negocios, deciden aunar fuerzas y atrapar por su cuenta al culpable de los truculentos asesinatos.

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