El irlandés (The Irishman, 2019), de Martin Scorsese.

“La espiral de la violencia sólo la frena el milagro del perdón”.

(Juan Pablo II)

Narra, a lo largo de más de tres décadas, la relación de Frank Sheeran (Robert De Niro), un matón de la mafia apodado el Irlandés, con el capo Russell Bufalino (Joe Pesci) y el sindicalista Jimmy Hoffa (Al Pacino).

The Irishman es, con toda probabilidad y a tenor de su metraje (doscientos nueve minutos) y presupuesto (unos ciento sesenta millones de dólares), el filme más ambicioso de la ya larga trayectoria como realizador de Martin Scorsese. Aquel que debía compendiar y redefinir, como ningún otro, las constantes temáticas y estilísticas del autor neoyorquino: una suerte de quintaesencia scorsesiana en su más madura expresión. Y, pese a los esfuerzos invertidos, no deja de constituir un irrelevante (por insustancial) ejercicio autoparódico en el que el veterano cineasta, mostrando una alarmante falta de creatividad, se plagia a sí mismo (Malas calles, Uno de los nuestros, Casino) y a otros (el Coppola de la segunda y tercera entrega de El padrino), para conformar un refrito tan brillante en su forma como huero en su fondo.

La película, adaptación del libro de Charles Brandt I Heard You Paint Houses por parte del prestigioso guionista Steven Zaillian (La lista de Schindler), presenta una estructura narrativa fragmentada en flashbacks que sirven al personaje de De Niro, anciano, tullido y recluido en un geriátrico, para rememorar de cara al espectador su carrera delictiva durante más de tres décadas (excusa perfecta con el fin de contar por enésima vez en una “gran obra” de Hollywood la historia contemporánea de los Estados Unidos), centrándose, esencialmente, en su relación con dos de los hombres más poderosos de su época: el mafioso de origen siciliano Russell Bufalino (Pesci), y el presidente de la Hermandad internacional de camioneros Jimmy Hoffa (Pacino). Dos caras de una misma moneda, la del crimen organizado. Zaillian confunde densidad con farragosidad, enfangando una trama de recorrido sumamente esquemático y redundante, con un sinfín de nombres de personajes sin entidad, anecdóticos en su mayoría, que poco o nada aportan al desarrollo de una historia que el propio Scorsese ya había contado antes y mejor (Uno de los nuestros).

El empleo de la voz en off resulta a todas luces excesivo y cargante, en un intento por disimular la incapacidad del director para exponer un relato simplón a base de imágenes (la esencia del verdadero arte cinematográfico). Scorsese se autocita sin sonrojo alguno en infinidad de secuencias, reiterándose en el uso de recursos ya muy manidos dentro de su caligrafía (la congelación de la imagen, el ralentí, las líneas de texto a pie de los personajes, los planos secuencia, los planos detalle…). Cita asimismo a colegas del medio como Coppola (las escenas judiciales que parecen sacadas directamente de El padrino II, o las de celebraciones que caracterizaban a toda la trilogía), como si quisiera llevar a un terreno que no es el suyo el carácter crepuscular, grave, en la vida de un gánster (El padrino III), mezclándolo con su propia conciencia católica (el perdón).

Salvan los muebles el trabajo de dirección, por supuesto impecable, y un reparto que reúne a iconos legendarios del género, aunque De Niro no esté ya para este tipo de cosas (Pacino y Pesci se lo “comen” en todas las secuencias que comparten). Los efectos digitales para rejuvenecer a los intérpretes en las diferentes épocas en las que transcurre la acción son, por cierto, un auténtico desastre. A la altura de las lentillas que luce De Niro.

El irlandés, en definitiva, coquetea con el desastre en numerosas ocasiones, sin llegar nunca a caer en él pese a su interminable e intrascendente metraje. Al fin y al cabo, la dirige Scorsese, y dicen que quien tuvo retuvo.

Nota: 6/10

Las 25 mejores películas del cine estadounidense.

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Silencio (Silence, 2016), de Martin Scorsese.

“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”.

(Marcos 16:15)

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Siglo XVII. Dos jesuitas portugueses, Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garrpe (Adam Driver), viajan hasta Japón en busca de su mentor espiritual, el padre Cristóvão Ferreira (Liam Neeson), quien al parecer ha cometido apostasía tras ser torturado.

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Toro salvaje (Raging Bull, 1980), de Martin Scorsese.

“Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: ‘Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador’. Les respondió: ‘Si es un pecador; no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo’”.

(Juan IX, 24-26)

De Niro In Raging Bull

Se narra el ascenso profesional hacia el éxito y la posterior caída del boxeador Jake LaMotta (Robert De Niro), campeón mundial de los pesos medios.

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Shutter Island (2010), de Martin Scorsese.

“¿Qué es mejor, morir como un hombre bueno o vivir como un monstruo?”

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Verano de 1954. Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo), son dos agentes judiciales que se dirigen al hospital psiquiátrico de Ashecliffe, ubicado en una apartada isla del puerto de Boston, para investigar la desaparición de una peligrosa asesina.

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