Joker (2019), de Todd Phillips.

“Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia”.

(Charles Chaplin)

Ciudad de Gotham. Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) malvive junto a su madre realizando pequeños trabajos como payaso a la espera de tener una oportunidad como cómico.

Albert Camus señalaba que el único problema filosófico verdaderamente serio era el suicidio. O lo que es lo mismo: la posibilidad de poder elegir, en un mundo terrible como el nuestro, entre el ser y el no ser. Ese dilema, según Camus, constituía la respuesta fundamental a la suma de preguntas filosóficas. Porque tan absurdo resulta desear suicidarse como querer continuar en este pozo infecto al que llamamos existencia. Arthur Fleck, el enajenado protagonista de Joker, película que sólo recurre al universo DC como mera justificación comercial, llega a esa misma disyuntiva tras un recorrido vital traumatizado y enfermo al contacto con la sociedad de Gotham (Nueva York, en realidad), debatiéndose entre acabar consigo mismo o mandarlo todo a la mierda desinhibiendo sus pulsiones homicidas.

La cinta de Phillips, sorprendente ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, está más cerca de algunos filmes de Martin Scorsese como Taxi Driver (1976) o El rey de la comedia (The King of Comedy, 1982), ambos títulos protagonizados por Robert De Niro, a quien el director reserva aquí un pequeño papel (tal vez para subrayar la deuda de su obra con las anteriormente citadas), que de cualquier película perteneciente al universo Batman. De hecho, las alusiones al universo del hombre murciélago no son más que anecdóticas y completamente prescindibles. Es decir, Joker, thriller psicológico (psiquiátrico sería más preciso) de una eficacia y tensión narrativa incontestables, funciona con ellas, pese a ellas y al margen de ellas.

Como el mencionado clásico de los setenta, del que el ejercicio que ahora nos ocupa parece una puesta al día, Joker no sería lo buena película que es y no causaría el revuelo mediático que está causando, si no fuera porque funciona como perfecto espejo de la sociedad en la que vivimos. Un espejo deforme y resquebrajado al que uno se asoma con cierta incomodidad dada la putrefacción que halla en él. Un espejo que apetece romper, porque lo que vemos reflejado no nos gusta. Espejo que remueve conciencias y hace pensar. Y ya sabemos que el que piensa puede terminar actuando. Y eso es lo que le ocurre a Arthur Fleck, quien, entre actuación y humillación, que en su caso suelen ir de la mano, acaba convirtiéndose en el iniciador involuntario de un (para los de arriba) peligroso movimiento antisistema. Algo parecido a Anonymous, pero jodiendo de verdad y con una máscara de payaso en lugar de la de Guy Fawkes de V de Vendetta (Alan Moore).

A nivel visual, el filme destaca por su conseguida atmósfera enrarecida. Phillips hace un uso espléndido del travelling de acercamiento y alejamiento, dejando el resto a la gran dirección de fotografía de Lawrence Sher y a la envolvente banda sonora de Hildur Guðnadóttir. La introducción en momentos puntuales del metraje de canciones populares como Smile, That´s Life o Rock & Roll Part 2 es también muy acertada.

Joaquin Phoenix está inmenso, rayando una y otra vez la genialidad con su escalofriante interpretación de un enfermo mental capaz de carcajear aunque esté llorando (su personaje padece una especie de epilepsia gelástica que le hace reír aun cuando no quiere). Él solo mantiene a la película. Y ese quizá sea uno de los grandes defectos de Joker: tan ensimismada en el estudio de su personaje principal, que prácticamente se olvida del resto.

Obviamente, no nos encontramos ante ninguna obra maestra (Taxi Driver, sin la que Joker no existiría, sí lo era), pero no deja de ser estimulante ver cómo todavía se puede hacer un espectáculo cinematográfico comercial sin perder un ápice de mirada crítica.

Nota: 7,5/10